Somos casualidad y encuentro inesperado.
Y a la vez nada de eso.
Porque tan perfecta sincronía debió salir de alguna mente brillante… Como novela de Cortázar, como preludio de Bach.
Porque además de todo sí espero encontrarte.
¿Cuántas imágenes, sonidos, colores, olores, sabores?
Todo está en mi mente ahora, y aunque sólo sea una de ellas, todas me recuerdan a las otras. Y vuelvo a cerrar los ojos, y vuelvo a sonreír.
Y me conmociono, por volver a Ser.
Tengo ganas de dejar todo. Porque, finalmente ¿Qué es todo esto que los seres humanos inventamos? Digo, la escuela, el dinero, la sociedad y sus reglas. Pareciera que todo es simplemente una bruma sin base. No hay nada allí. Puedes dejarle todo, y seguirás viviendo. Puedes quedarte en todo y perder la noción del significado de vivir. Aunque ese significado está muy perdido entre las definiciones de los que dicen vivir, los que realmente viven, los que quisieran hacerlo y los que no hacen ninguna de las anteriores. A veces pienso que deberíamos vivir conforme a lo que nos hace felices. Eso en teoría es la solución. En la práctica también. Pero, ¿Qué es lo que nos hace felices? Realmente, nada. Es un invento, porque lo que nos hace felices es creérnoslo, así de simple. Creer es ser; en el sentido abstracto, claro.
Hacerle mucho al cuento es trabajo de algunos de nosotros. El accionar mucho, también es trabajo de unos cuantos. El no darse cuenta de ninguna de las anteriores, es labor ardua de muchos otros. Quisiera ser parte de los tres grupos, porque así es todo en mi vida de por sí. Un poco de todo, un mucho de nada. Y por nada me refiero al mismo tiempo a todo. La contradicción es una adicción.
Que el trabajo llegue ya a la playa de mi mente. Y a la de todos ustedes.
Seguro la respuesta está ahí: en mí.
Quererla ver, hacerme el ciego, aunque pareciera opcional, se ha convertido en algo rígido, difícil de deshacer. Soy miope al ver la realidad y actúo conforme a ello.
Le busco explicación a la simplicidad. Lo complejo lo manejo como si lo supiera hacer. Faltan bases.
No quiero ayuda, porque lo sé todo. Quiero ayuda porque no sé nada. Soberbia y humillación. Son solamente la exaltación de mis experiencias, mis múltiples pensamientos que presumen de ser personalidades inherentes. Pero es mentira, todo es uno.
El miedo, las malas relaciones, los malos hábitos no corregidos en tiempo, la flojera, el desgaste físico, mental, social, ambiental. Todo es uno. No sé dónde esté el control. No sé si le he perdido, o si nunca le tuve en realidad. No sé si hay un control.
El quedar dormido, escuchando las hojas de los árboles chocar entre sí, con el viento, es peor que una droga. No quiero despertar.
Encontrar motivaciones ¿Siquiera debería existir tal recordatorio en mi mente? Las cosas que hago y por las cuáles las hago: cada vez se ven más borrosas. Se deterioran con el paso de las las horas, los días.
No me dan ganas de hacer nada. Pasármela acostado en la cama, desperdiciando los hermosos días de sol, de lluvia, de frío, calor. Desperdiciando el talento, las ideas, las alegrías, ilusiones, la fuerza, JUVENTUD. Pero… ¿Qué importa? Finalmente, ¿Quién se daría cuenta?, ¿Sería una afectación al mundo? No lo creo.
Motivaciones o desmotivaciones. De esas se encuentran en cada esquina. Todas son sólo espectros secundarios de colores. El final, puede ser predicho, pero nunca estar 100% seguro de ello. No con los humanos.
Puede llamársele depresión chica, depresión oculta. Todo debido a los malos actos consecutivos, que combinados, obviaban un mal final. Y por no estar tan seguro, por aquello de la premisa de arriba, fallé. Me confié, caí. Y por ahora el olor del suelo, de la tierra no ha molestado a mi olfato como para huir. Es en cierto modo, un tanto envolvente, atractivo, como los sonidos exteriores de animales, plantas, viento, libertad condicionada a sólo ser libre, desprendida de las armas de doble filo del pensamiento.
Pienso que las depresiones no deben contarse, porque son como un virus mortal. Tampoco creo que sea mejor guardarlas, pero me choca estarme quejando. Porque cuando lo hago, mis quejas carecen de sentido. Es entonces cuando me siento ridículo, porque aunque no tengan sentido, no puedo erradicarles.
Tengo varios ultimátums: Los escolares, musicales, parentales, propios. Y estos últimos son ridículos, pues se basan en los anteriores, que aunque con mayor fuerza: sin éxito.
Triste. Tengo hasta este domingo.
(Me ahogo en mil vasos de agua, que si no detengo, se conviertirán en Mar)